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De Chiniguas y Chinamos; Hierofantes; Equus Solaris; Gelat et Ardet, son los títulos que resumen la investigación emprendida por Héctor Ernández, en su viaje insondable a través de los signos, imágenes, metáforas y símbolos que comunican al hombre con lo eterno. Un viaje que, en el transito, se expresa en los puntos de llegada o de partida de estas exposiciones individuales suyas que, hasta ahora, nos han permitido seguir su itinerario.

Chiniguas y Chinamos teje el hilo de un laberinto creado por la figura de una mujer bifronte, alada, transformada en Diosa-Hombre, en árbol, animal: Conjunción de Eros y Tánatos que nos lleva a lo que parece ser el descampado. Hierofantes reúne nuevos seres transmutados, nuevos ímpetus y ansias que mezclan lo sagrado y profano tras la única excusa válida, punto de llegada último: la experiencia de la creación de un espacio intenso, pleno de tensiones, de referencias a grandes hallazgos de la pintura religiosa y rupestre Código necesario para hallar a un ser que sintetiza, en todas las culturas, el símbolo de la liberación. El Caballo Solar. El caballo hielo y llama. Cielo pero, también, infierno. El hielo que arde.

Desde Chiniguas hasta Conjunciones y Oposiciones, que presenta en el Museo de Arte Contemporáneo Francisco Narvaez, de Porlamar, en Septiembre de 1999, a escasos días del inicio del próximo milenio, existe y se evidencia en la indagación plástica de nuestro artista el deseo de atrapar el absoluto a través de un signo-simbolo, red metafórica que emerja como cruce de las contradicciones, punto de llegada de tensiones. Pero, también, de visiones, del éxtasis del artista y del espectador frente a la transmutación de signos arquetipales. Brotan y nacen entre nosotros para conjugar el Talón de Aquiles, la carrera de niños y ángeles tras el Santo Grial, el Caballo de Longinos, en una pincelada, en un nuevo signo cromático, en otro símbolo. Registra nuestra experiencia como visión y comprensión de un universo. Es la Epifanía. Tratemos de explicar, cómo se produjo. Cómo se produce en nosotros, tras la experiencia de interpretar los hallazgos de tal aventura plástica, en busca de signos arquetipales.

Del signo al símbolo: el mundo de los espejos.

Desde tiempos inmemoriales, grabadas como la fuerza del bisonte de las cuevas de Altamira, las palabras de Heráclito de Efeso, al definir el universo a partir del tamaño del pie de un niño, el hombre, el niño, han tenido siempre, como primera respuesta ante el cosmos, un signo, una raya que indaga o crea, un signo colocado delante como desafío y modelo. El hombre primitivo y el niño, garabatean y resumen, en el garabato, su interpretación del cosmos. El artista tiene, ante sí, como el niño al padre, el espejo, la palabra que fija, el signo dibujado en la pared. Ese signo comunica el hallazgo de otro, de otro anterior, de otro, de otro: elementos diversos en un espacio establecido como analogía de contrarios. Porque surge, precisamente, como la metáfora. Surge de la unión de todo lo disímil. Una piedra es una piedra, un ángel, ángel. Pero si la piedra cobra alas igual reúne al niño de Heráclito como a Santa Teresa en el pecho de una Eva marina.

El niño artista (y Hector Ernández pareciera ser el niño de Heráclito, el pie de un niño que juega) se enfrenta a los espejos arquetipales en busca de unidad. Una integración que desintegra. Una integración que evidencia, en los rasgos infantiles de su pintura, la ausencia de detalles, el trastocamiento de situaciones y de visiones. Ernández procede de manera similar para establecer su analogía, consciente o inconsciente, tras un viaje conducente a reinventar y fragmentar, a la manera del niño de Heráclito.

Y así, los espejos arquetipales, los espejos creados por los grandes maestros del medioevo y del renacimiento, de los pintores chinos y de los maestros japoneses, crean una selva a partir de una raya. Surgen, en su obra, como alucinaciones alegóricas, como construcción y desconstrucción, creaciones suyas, que se afianzan en referencias a obras de los maestros, alegorías de Bronzino, de Andrés del Sarto, de Leonardo da Vinci. De la indagación de los maestros a la descontextualización propia de la transvanguardia con su desparpajo intencional en la pincelada, en el establecimiento de las analogías más arbitrarias.

Tras esa arbitrariedad aparente, en Ernández se revela su investigación de los signos y símbolos religiosos y filosóficos que se desean reencontrar en el espacio creado mediante el dibujo. Conjunciones, en esencia, permite el reencuentro de la pintura y el dibujo, en primer lugar, y sobre todo, el encuentro con signos y símbolos ancestrales. Se recrea con verdadero acierto. Ante su obra enfrentamos una experiencia que, de entrada, nos revela la clave, la llave para atravesar el umbral y encontrarnos de nuevo con Eva de Bronzino, con Eva marina de Ernández, en activación de una imagen, de un símbolo que propone un nuevo viaje simbólico hacia el origen, Eva transmutada en paisaje en Naturaleza muerta letra viva, bajo la excusa de crear un bodegón, la mancha se transfigura y consigue la calidad de la tela en el papel, la sutileza del aire.

El marrón y el dorado, como colores, sintetizan, la atemporalidad. Las imágenes nos permiten descubrir y disfrutar del gran hallazgo de Ernández, en esta instancia de su viaje: la sensualidad de sus transparencias, la desfragmentación del espacio para crear signos plurales. Conjugan diferentes visiones de un icono, tras la excusa de presentar un jarrón en Sombra China o un nuevo retrato de Catalina de Médici: objeto y mujer no son sino subterfugios para proponer, en sus revisiones de íconos de los maestros, la sensualidad de una mancha o de una simple letra. Remite a Las Meninas, al rostro de la Madona del Tondo Doni, de Miguel Angel. Propone, en cada icono, el inicio de otro viaje: el de la coincidencia entre luz y oscuridad, de donde el marrón y el dorado, sugieren instancias, propuestas para la conjunción, la unión y la desunión. Luz, más Luz como espectaculares visiones de Miguel Angel para una tumba, o de Santa Teresa en sus transfiguraciones: un rostro se desdibuja en el goce de la contemplación. Se transfigura porque la mancha y el trazo, en Ernández, constituyen momentos de una misma visión, el icono y el símbolo. Eros y Tánatos, coinciden al unísono, en la experiencia de ser llama y ceniza, punto de un paisaje, e inmensidad total. Una mancha permite que La Conversión de San Pablo y las variaciones, sugieran en un mismo énfasis, en el proceso constructivo y descontructivo de signos y visiones.

Se hace posible entonces la experiencia del goce y del disfrute de un espacio en el cual fragmentación y veladura fijan el lapso de creación de un cosmos surgido como conjunción proteica de visiones y espejos.

Desde 1997 con Pegasus no habíamos enfrentado la posibilidad del tacto, de la participación activa en el roce del placer, al contar con la ocasión del objeto transmutado en una instalación. Pegasus, en ese año, marco el inicio de la misma experiencia en otro sentido: la profundidad de sus íconos visuales alcanza otro derrotero. Se convierte en objeto, en una instalación para la manipulación y el disfrute táctil. Gólgota, ahora, como La Carroza de Hermes, ofrecen el juego de lo constructivo. Una espuela, una herradura, un talón virtual que nos devuelve al camino del niño o la visión de La Flor Mística, en la cual Beatriz la guía de Dante se transforma otra vez en lo que siempre fue: demasiado alada para vivir en la tierra, aunque sea capaz de llevarnos una vez más al infierno como lo hizo con Dante.

Como lo hacen las flores a cada amanecer. Para significar, en su cuerpo de madera, que dentro de su corazón se libra todavía la lucha de Odiseo con las Sirenas. Una flor entonces, ya no será flor. Sugiere un desnudo corazón de madera. Es decir, un vaso que dura en las veteadas venas de sus marrones pétalos.

 

Las Eluvias III; amanecer del día Martes 03-08-1999

EL ARTE DE HÉCTOR ERNÁNDEZ: LA EPIFANÍA DEL SÍMBOLO

José Napoleón Oropeza

Texto para la exposición CONJUNCIONES. CONIUNCTIO. COINCIDENCTIA OPPOSITORUM.

Individual presentada en el Museo de Arte Contemporáneo FRANCISCO NARVAEZ.

Porlamar, Venezuela.12 de Septiembre al 25 de Octubre de 1999