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FLUYE EL RÍO

Milagros Oya Martínez

Para la exposición Magdala sobre la obra de Héctor Ernández en el Ateneo de Valencia. 

Valencia. Venezuela 2001

Tomar el cántaro, sujetarlo en las caderas y bajar al río, era tan importante para la jornada de María, como para el día lo es la salida del sol y el posterior ocaso.

No había mañana en que el ritual no se repitiera. Entre los cantos de las mujeres y las risas y los juegos de los niños, la muchacha descendía, como siempre, camino del agua que da la vida. La ida invariablemente resultaba entretenida. Escuchaba los chismes de las matronas y las bromas con las que los más pequeños se divertían. La carga era ínfima. El cántaro vacío no suponía más que una nueva extremidad que acompañaba a piernas y brazos de camino a su destino: el río. Era más bien un amigo, un camarada que compartía las ilusiones de un recién nacido sol y disfrutaba del calor y del brillo de la mañana. El arroyo recibía la caravana de cantos, pañuelos de colores y risas infantiles, con alegría desbordada. El rumor de las aguas agradecía la visita y correspondía entregando su sangre transparente, fresca y viva.

María se arrodillaba en la orilla para catar con sus manos blancas el dulce frescor del fluido cristalino. El cántaro descansando a su vera, esperaba pacientemente ser llenado para poder así emprender el camino de regres. Siempre sucedía igual. María y su carga retornaban al hogar donde aguardaban los peroles sobre el fuego para calmar los hambrientos estómagos de la familia. No debía demorarse demasiado. El agua era fundamental para la vida.

El pueblo entero se detenía a la espera del manjar diáfano que el cántaro protegía con su existencia.

La muchacha se inclinó sobre el húmedo espejo. El sol de la mañana había encendido sus mejillas que ansiaban un baño fresco de río. El rostro de María se aproximó lentamente al cauce. De repente, se detuvo. El sobresalto fue profundo. Los ojos se clavaron en otros ojos que la escrutaban con atención. Una oleada de terror la invadió de inmediato. Los cantos, las risas, las bromas, los chismes, parecían haber desaparecido por completo. Solo el rumor incesante del torrente, bramaba ante ella como si quisiera comunicarle un terrible y trascendental mensaje. María se incorporó rápidamente. Deseaba apartarse de la magia del manto cristalino. No quería escuchar, no necesitaba saber. Apretó el cántaro contra su pecho buscando la seguridad que le proporcionaba el compañero de tantos viajes. Sin embargo el cántaro se hallaba vacío todavía y era incapaz de transmitir nada más que el calor de los rayos del sol de la mañana.

La muchacha lo posó de nuevo en la orilla. Dejándose guiar por los impulsos de su corazón decidió inclinarse otra vez sobre el cauce. Contuvo el aliento conociendo ya el espeluznante resultado de tan simple gesto.

Los ojos se hallaban todavía allí. La estudiaban, la sondeaban, incluso la acusaban. María intentó apartar estos estremecedores pensamientos de su mente. La mirada intensa que le devolvía la lengua transparente y eterna, no podía ser otra cosa que su propio reflejo. Nada misterioso ocultaba el torrente. Ningún secreto iba a ser revelado.

Aún insistiendo en esta explicación, el corazón de la joven galopaba desbocado. Sabía que su obligación consistía únicamente en recoger agua del río y retornar al hogar con el cántaro repleto. Aquella labor repetida día tras días, durante todos los años de su vida, se le antojaba ahora imposible. El solo intento de llevarla a cabo le obligaría a escuchar el mensaje del arroyo. Una vez conocido el secreto, no habría marcha atrás. La vida que conocía hasta el momento se disiparía como la neblina del amanecer.

Cerró los ojos, se tapó los oídos, apretó los labios. Nada entraría en ella que la obligase a cambiar. Seguiría como hasta ahora, recorriendo el mismo camino, siempre inmutable, siempre seguro, siempre conocido.

Recuperó el cántaro y aún con los párpados férreamente cerrados, se inclinó sobre las aguas. Lo llenaría sin necesidad de mirar.

Las manos tuvieron que abandonar su sagrada misión de cubrir los oídos.

Un estruendo de catarata llegó hasta ella como un grito de bestia herida.

Atravesó su cuerpo con la velocidad de una estrella fugaz, hasta clavarse con furia en el mismo centro del agitado corazón.

María separó los labios emitiendo un estremecedor lamento. Los ojos se abrieron de par en par. Las manos agitadas soltaron el cántaro. Cayó inexorablemente.

-¡El río fluye!- murmuraron los temblorosos labios de la joven.

No podía obviar el descubrimiento. El cántaro navegaba ya río abajo a toda velocidad. Se separaba cada minuto de su compañera de travesía.

Sencillamente la abandonaba sin remordimientos ni tristeza.

El río fluye y con él las aguas caminan a través del mundo en busca de un solo destino. El cántaro se perdió de vista. Se alejó para siempre. Jamás retornaría, jamás se apoyaría en sus caderas al comenzar la jornada. ¡Jamás!

María se encaró con los ojos que la observaban. Deseaba escupirles su ira. ¿Porqué la habían privado de su camarada? ¿Porqué la dejaban sola en su viaje de regreso?

Aquellos ojos solo eran los suyos. Únicamente sabrían contestar a sus reproches, si ella misma conocía la respuesta.

La conocía.

La mirada reflejada en el torrente, los ojos que la habían sobresaltado, habían estado siempre allí, sin embargo se mostraban aquella mañana muy distintos. Quizás llevaban, días, semanas, incluso meses, transformándose. Pero había sido hoy, cuando al fin habían alcanzado la esencia de su ser. Habían crecido. Ya no contenían sonrisas infantiles, cantos de niños, ni bromas juveniles. Eran ojos de mujer cargados de vida y de esperanzas.

El río fluye como fluye la vida. No retorna después de cada viaje al mismo punto. Nunca regresa. Siempre avanza. Siempre adelante.

María lo supo entonces. Jamás retornaría a su casa. El fluir de las aguas marcaría su destino. La vida comenzaba para ella en aquel mismo instante. La iniciaría en soledad, con sus temores e ilusiones como único bagaje. Quizás en la travesía encontrase algún compañero con el que caminar, pues el cántaro había desaparecido para siempre.

El trayecto iba a ser duro. Podía leerlo en los ojos que se reflejaban en el lecho rumoroso. Lo sabían. Aún así le gritaban que no se dejase amedrentar por las dificultades y marchase hacia el fin.

María se levantó. Escuchó entonces los cantos de las mujeres que la acompañaban. No le importaron. No podían retenerla.

Sin pensarlo más y sonriendo de reojo a su imagen, comenzó a caminar hacia su destino. Nadie la detuvo. Ni siquiera lo intentaron. Muchas otras habían perdido antes el cántaro y habían salido en su busca. Muchas veces, demasiadas. Nadie podía ayudarla. El camino es siempre solitario, solo el reflejo del espejo del agua acompaña, solo él y el eterno fluir del río.

 

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